2016
Título: Ser Paul Newman
Fuente: Concurso del cartel de la Semana de la Arquitectura 2015

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A mediados de los sesenta José María Santos Rein y Alberto López Palanco recibieron la invitación a participar en un concurso de ideas para implantar un hotel en un solar de Marbella. Concurso que ganaron entre otros equipos nada menos que a Javier Carvajal. Y concurso en el que resultaron vencedores por saber aprovechar y adaptarse a las condiciones del proyecto. Con una actitud absolutamente contemporánea, respetaron y aprovecharon la construcción ya iniciada de dos bloques que había en la parcela y que estaban en fase de estructura. Su propuesta planteó la colocación de una torre entre las dos piezas existentes. Una vez vencedores averiguaron que era la cadena Hilton International la que estaba detrás del encargo. José María y Alberto comenzaron a desarrollar un proyecto de gran complejidad técnica sin apenas precedentes en la provincia. Un joven Alberto acompañado de su esposa trabajó en New York dos meses desarrollando el proyecto con un equipo de arquitectos norteamericanos. Al mismo tiempo José María trataba de sortear los obstáculos que les planteaba con celo la administración de entonces: en este caso el Ministerio de Información y Turismo dirigido por Manuel Fraga. Concluida la obra, inaugurada con éxito y repercusión en la prensa, y transcurridas cuatro décadas, el edificio se conserva hoy en buenas condiciones a pesar de sucesivos cambios de dueño. La torre ancla la propuesta en el paisaje y permite ocupar menos superficie y así, conservar el pinar. “En los setenta, cuando volvíamos de marcha de Torremolinos la torre iluminada del Hilton sobresalía entre los pinos y nos anunciaba que ya estábamos en Marbella”, me contaba un amigo recientemente. Esta torre genera además una escenografía de la llegada con el coche, rasgo de la modernidad de la propuesta. Sus pilares en V, ideados por Rafael López Palanco, ingeniero y hermano de Alberto, son tan deudores de Nervi como de Le Corbusier. Dos décadas antes que Rafael Moneo utilizase la misma solución en la estación de Atocha, Santos Rein y López Palanco escondieron todas las instalaciones dentro de esos pilares. Y enfrentados a un problema para el que no tenían información ni referencias, la normativa contra incendios, idearon un innovador sistema colocando un enorme aljibe en la cubierta que servía además como telón de fondo para el nombre del hotel. Cuando hace algunos años se incendió el edificio Windsor de Madrid, le preguntaron a Genaro Alas, su autor, si habría podido evitarlo. “No somos Paul Newman”, respondió con ironía Alas, aludiendo a la intervención de Doug Roberts, el arquitecto encarnado por Newman en “El coloso en llamas’. Y ciertamente los arquitectos no lo somos, salvo quizás Santos Rein y López Palanco, que se anticiparon incluso a Hollywood en la construcción de un edificio que forma parte de la memoria y el patrimonio de la Costa del Sol.

2015
Título: En memoria de Ruiz de la Prada
Fuente: Diario Sur

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Ha fallecido el arquitecto Juan Manuel Ruiz de la Prada. Nacido en Madrid en 1927, formó parte de un numeroso grupo de arquitectos madrileños olvidados, alejados de los círculos académicos. De su obra destacan los cuatro edificios de viviendas de lujo realizados en Madrid, revestidos de ladrillo y madera, cálidos y evocadores. Recién titulado, tras un interesante viaje de estudios a Estados Unidos, comenzó un periodo de colaboración con su compañero de promoción José Carlos Álvarez de Toledo. Fuimos en moto hasta Fuengirola, ¡tardamos dos días!, me contó en su estudio hace algunos años. Construyeron varias viviendas unifamiliares en la Costa del Sol y un par de edificios de viviendas de tamaño modesto en Madrid. Tras esta sociedad la mayor parte de su carrera profesional la desarrolló en solitario. Notable excepción fue el edificio Caracas de Madrid, realizado junto a Javier Carvajal. Un edificio de oficinas en el que indagaron en las posibilidades que una naciente industria de la construcción ofrecía. Al menos lo intentamos, escribió Carvajal. Tras un interesante comienzo en el desarrollo de su actividad profesional, Ruiz de la Prada se replanteó su carrera y decidió enfocarla en otra dirección: la promoción inmobiliaria. Su aventura comenzó con la compra de un palacete en Chamberí, arrebatado al mismo Gutiérrez Soto. Palacete que derribó para construir, como arquitecto y promotor, el primero de una serie de bloques de viviendas de lujo. En este bloque ubicó su estudio, que en contraposición a lo habitual en aquella época, fue una sociedad anónima llamada Oficina Técnica de Arquitectura. Un despacho a la vanguardia que atrajo la atención de numerosos compañeros y estudiantes. ¡Le llamábamos Ruiz de la Pera!, suele comentar Salvador Moreno recordando su paso por la Escuela de Madrid. Un jovencísimo Alberto Campo Baeza trabajó un tiempo al terminar la carrera en el estudio del madrileño. Pero Ruiz de la Prada también tuvo otros intereses además de su voluntad de profesionalizar el trabajo de arquitecto. Atraído desde joven por el arte, fue un gran conocedor del panorama nacional. Fomentó su desarrollo incorporando la obra de artistas en sus edificios y se convirtió en coleccionista. Conocido de Manuel Viola desde su juventud, comprador de cuadros de Tapies en París, fue amigo de Eusebio Sempere, José Luis Sánchez, José Luis Gómez Perales y César Manrique, entre otros. Su ideario, coincidente con el de la mayoría de artistas de la época, abogaba por una integración total de las artes. Integración que en los edificios de viviendas se manifestaba sobre todo en los portales. Paredes convertidas en lienzos o manillas de las puertas como esculturas a la vista de la sociedad española de los sesenta. Pues los portales se convirtieron en escenarios abiertos a la ciudad. Escenarios que reflejan ese anhelo de transparencia presente en la obra de Ruiz de la Prada, Cano Lasso o Lamela. Tras su primera exitosa experiencia como promotor, Ruiz de la Prada abordó la construcción de otro bloque de viviendas en la esquina de las calles Zurbano y Martínez Campos. Un edificio, primero de la serie de cuatro, caracterizado por un ladrillo cálido, casi volcánico, fabricado imitando el tono de un cuadro de César Manrique que el arquitecto tenía en su estudio. Y conocido también por los paneles de madera que cubren sus fachadas. Paneles que esconden el azar y el esfuerzo que hay detrás de toda gran obra, pues el propio Ruiz de la Prada, acompañado del carpintero de la obra, compró en Bilbao a la Compañía Trasatlántica varios barcos que iban a ser desguazados. Tras una primera capa deteriorada, la madera de las tablazones de las cubiertas, de teca, presentaba un aspecto inmejorable y fue colocada en los techos y en las fachadas. “Una aventura, pero es que esa aventura no tenía nada que ver con la arquitectura, ni con la Escuela de Arquitectura, ni con la profesión de arquitecto, ni con el director de obra, ni nada. Era la aventura de dos seres humanos que estaban interesados en que aquella obra fuera un poquito distinta y un poco mejor, nada más que eso” resumía con emoción cuando relataba la historia de los barcos. El edificio de Zurbano supuso un éxito inmobiliario tal que Ruiz de la Prada promovió otros tres en solares similares, lo que le valió críticas de algunos compañeros que le reclamaron “variedad formal”. Entre sus defensores estuvo Julio Cano Lasso, que comparó la obra del arquitecto madrileño con las casas promovidas por el Marqués de Salamanca en Madrid. De ellas se decía irónicamente que sus fachadas eran vendidas como una pieza de tela, por metros. Sin pensar, según Cano Lasso, que de esta forma se resaltaba una de sus mejores virtudes, que no era sino formar conjuntos de gran dignidad urbana. Hoy, en una situación en que la normativa vigente obliga a los usuarios a mantener los edificios, las viviendas de Zurbano, cuyas fachadas no fueron limpiadas durante cincuenta años, presentan orgullosas los mismos revestimientos exteriores y carpinterías en mejores condiciones que el día que se colocaron. Es entonces cuando uno no puede sino reiterar su admiración por el acierto y el tesón de un arquitecto cuya obra ha contribuido a cambiar la imagen de algunos de los mejores barrios madrileños. Una obra silenciosa y sin pretensiones, poseedora de esa esquiva cualidad que Juan Marsé denominó el sugestivo imperio de la contención.

2014
Título: La erosión continúa
Fuente: No publicado

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Afirma Ignacio Vicens que una de las constantes de la Iglesia católica a lo largo de la historia ha sido la promoción del arte. Del arte de vanguardia, independientemente de la época. Un repaso de nombres confirma esta voluntad renovadora. Brevemente podríamos citar a Miguel Ángel, Vignola, o Bernini. Si nos referimos a ejemplos más recientes y cercanos, en la España de mediados del siglo veinte la Iglesia desarrolló una extraordinaria labor en la difusión del arte y la arquitectura. La revista Arte Religioso Actual, dirigida por el padre Aguilar, contó con contribuciones de algunos de los más destacados artistas del momento. Joaquín Vaquero Turcios, Joaquín García Donaire, Lucio Muñoz o José Luis Sánchez son solo algunos de los muchos que contribuyeron al debate sobre la nueva imagen de la fe católica. El altar y el lugar de los fieles, la iglesia y el arte o la cuestión de las imágenes fueron temas abordados por los mejores arquitectos, como Vázquez Molezún o el profesor Fernández Alba. Fruto de esta labor de investigación fue la construcción de las nuevas parroquias de Vitoria, realizadas por Sáenz de Oiza y Laorga, Carvajal y García de Paredes, y Miguel Fisac, a finales de los cincuenta. Tras Stella Maris, el impulso renovador continuó en Málaga gracias a jóvenes arquitectos, muchos titulados en Madrid y discípulos de los maestros mencionados. En la barriada de Miraflores José Luis Esteve construyó la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, planteada inicialmente con una planta circular, resultado de la interpretación de la liturgia tras el Concilio Vaticano II. Años antes, Antonio García Garrido concluyó la Parroquia Santa Rosa de Lima. En ella contó con la colaboración de Eugenio Chicano y Reed Armstrong. Esta vanguardia arquitectónica y artística no se limitó sin embargo al ámbito religioso. Hoteles, edificios de viviendas, chalets y edificios públicos mostraban la libertad formal de la modernidad. Especialmente significativo resulta el caso de Torremolinos. Antonio Lamela, Rafael de la Hoz, Gerardo Olivares, Luis Gutiérrez Soto, Carlos Verdú y César Olano, Ruiz de la Prada y José Carlos Alvarez de Toledo, entre otros muchos, construyeron edificios que situaron al entonces barrio de Málaga en una posición acorde con los acontecimientos sociales que en él estaban ocurriendo. En La isla, Juan Goytisolo lo describió como un país aparte, aislado de las convenciones y de la moral impuestas por la dictadura. A esa isla llegaron en los setenta varios discípulos de Antonio Fernández Alba. El profesor es seguramente uno de los más destacados intelectuales de la segunda mitad del siglo XX. En sus clases reclamaba a los futuros arquitectos compromiso con la sociedad. Compromiso más allá de una pura relación mercantil. Actitud que caló en muchos de sus seguidores, a los que les recordaba con acidez que pertenecían a una dulce burguesía. Uno de ellos fue Francisco Peñalosa. Otro fue Juan Cachón, llegado de Madrid tras ganar el concurso para realizar la barriada de Carretera de Cádiz. Arquitecto de talento, pintor, crítico, Cachón interiorizó esa vocación social en la que insistía Fernández Alba: numerosos han sido los proyectos que ha desarrollado altruistamente. Uno de ellos es la parroquia Madre del Buen Consejo de Torremolinos, de la que supervisó su construcción hasta su consagración en 1974. El edificio se sitúa en el centro del pueblo, muy cercano a La Nogalera. De muros blancos, su interior muestra lo que Fernández Alba denominó valor simbólico. Ésta y otras cualidades del edificio han quedado tristemente desfiguradas por una reciente ¿reforma?, que confirma la poca estima que las autoridades eclesiásticas y seglares tienen hacia el patrimonio moderno. Hace casi una década que Teodoro León Gross defendió el valor turístico de Torremolinos en “Santiponce Gran Hotel”. En aquel Torremolinos, símbolo mundial en palabras de León Gross, una arquitectura de vanguardia se convirtió en el telón de fondo de una ciudad de colores en un país gris. Las elegantes estrellas que tomaban el aperitivo hace tiempo que dejaron de venir. Con ellas se fue toda consideración hacia aquellos escenarios, sólo visibles entonces en zonas de Madrid y Barcelona. En lugar de poner en valor sus cualidades específicas, la ciudad y sus distintas corporaciones han preferido ocultar su modernidad tras una pátina folclórica de esperpénticos “monumentos al turista” y hornacinas neovernáculas. Como en “La Isla”, el tiempo corre aprisa y la erosión continúa.

2014
Título: Architettura / Realtà
Fuente: “Concurso del cartel de la Semana de la Arquitectura 2014”

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Los acontecimientos políticos de la última década han influido en la imagen que se tiene de Italia. Políticos que acaban convirtiéndose en personajes cómicos, fiestas con nombres pegadizos, villas Certosas, cómicos que deciden convertirse en políticos…son sólo algunas de las singulares situaciones acaecidas en los últimos años. Prácticamente constituyen las únicas noticias que han llegado a otros países. Más allá de este desenfoque, Italia es un indiscutible referente cultural. Un amigo me describió la sorprendente situación que le supuso compartir con Riccardo Muti el tiempo de espera en una parada de autobús un día cualquiera en Milán. Encuentros cotidianos con gigantes de la cultura mientras uno pasea entre palacetes y palazzinas. En Turín, otra gran urbe del Norte, la arquitectura de Guarini revela el pasado capitalino de una ciudad poco conocida. Allí, durante una visita en un sofocante mes de junio, tuve la oportunidad de conocer los esfuerzos de Abbado por promover la cultura. Claudio Abbado, nacido en Milán en 1933 y fallecido a comienzos del presente año en Bolonia, ha sido uno de los grandes directores de orquesta del siglo XX. Quizás lo más relevante de su brillante trayectoria ha sido su compromiso con la cultura. Abbado no se limitó a destacar como director de orquesta. Junto a Maurizio Pollini, Luigi Nono y muchos otros encarnó la figura del artista culto, comprometido, anticonformista. Un artista impegnato. Angela Ida De Benedictis relata su historia en Intelletto e amore... e intenzion dell’arte, publicada en el libro Claudio Abbado alla Scala. Nombrado director titular del Teatro alla Scala en 1968, el milanés sorprendió con una programación radicalmente distinta a lo hecho hasta el momento. Repertorios variados y diversos que incorporaron a autores tan diversos como Schönberg, Verdi o Mahler, así como a artistas jóvenes. Más allá de lo estrictamente musical, Abbado comenzó a realizar iniciativas destinadas a poner en valor la música. Una puesta en valor, una difusión, sin prejuicios de edad o clases sociales. En 1972 Abbado inaugura en la Scala el ciclo de conciertos per studenti e lavoratori, estudiantes y operarios. Conciertos a precio reducido destinados a abrir las puertas del prestigioso teatro a los más desfavorecidos. Un año después, en 1973, realiza con Nono y Pollini el ciclo Musica/Realtà en Reggio Emilia. No solo se abrieron las puertas de la Scala. La música salió del teatro y fue a oficinas y fábricas, como la Breda Termomeccanica o la Necchi, en conciertos seguidos de enriquecedores debates. Plenos de entusiasmo, como relataba Abbado, su ideal fue abrir la música a todas las clases culturales y sociales. Dos iniciativas absolutamente extraordinarias. Para Abbado, como recuerda con frecuencia Rubén Amón, el arte no era el resultado de la riqueza. Al contrario, únicamente el arte, el raffinamento della cultura, era capaz de crear riqueza. Comienza el texto de Angela Ida De Benedictis con otra cita del regista milanés: mi trayecto ha sido siempre un viaje de exploración, de descubrimiento...La potencia de sus ideas, aunque maltratadas por gobiernos de todos los colores en distintos países, sigue conservando una absoluta vigencia. Y si Abbado mantuvo esa actitud inconformista en toda su trayectoria, sus iniciativas supusieron para la sociedad italiana un verdadero descubrimiento. Y constituyen, especialmente en estos momentos en los que la Ley de Servicios Profesionales nos amenaza, una referencia ineludible para aquellos que aspiramos a hacer de la arquitectura una disciplina cercana a la sociedad.

2014
Título: Oportunidades perdídas
Fuente: Diario Sur

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En el trayecto que va desde el aeropuerto de Málaga al Colegio de Arquitectos Esteve Bonell me contó sus preocupaciones con respecto a los concursos de ideas. “En Cataluña tenemos un problema, y es que no están bien organizados”, afirmaba vehemente el extraordinario arquitecto catalán. Minutos después, cuando le expliqué el problema local, quedó entre incrédulo y sorprendido. Idéntica sorpresa mostró Ginés Garrido, director del equipo autor del fantástico parque Madrid Río. ¡¿No hay concursos de ideas?! es la frase que más han repetido muchos de los mejores arquitectos españoles, de Juan Navarro Baldeweg a Sol Madridejos, con los que llevamos dos años disfrutando en un ciclo de conferencias. El Colegio de Arquitectos de Málaga viene defendiendo desde hace tiempo la necesidad de que las distintas administraciones públicas utilicen el sistema de “concursos de ideas” para resolver la obra pública. Este tipo de concursos tiene evidentes ventajas para la sociedad. Correctamente organizados permiten incorporar el talento y el esfuerzo de los arquitectos, y asimismo, la participación ciudadana. Además, fomentan esa competencia entre profesionales que tanto pregona el Ministerio de Economía, y que erróneamente pretende impulsar con la Ley de Servicios Profesionales. Sus detractores suelen aludir a una hipotética demora en los plazos -lo cual es evidente-, a que no tienen por qué dar buen resultado -lo cual también es evidente-, y a que suponen un sobrecoste para los ciudadanos -lo cual es rotundamente falso-. Actuar sin pensar, desdeñar toda reflexión sobre qué ciudad queremos, sí que supone un sobrecoste. Tanto los procesos de crecimiento como los de renovación de las ciudades deben ser meditados. Normalmente se demoran en el tiempo más allá de la ventana electoral, y esto incomoda a nuestros representantes políticos. Recientemente tres estudios españoles han afrontado con éxito operaciones similares fuera de nuestro país. Cruz y Ortiz han inaugurado la remodelación y ampliación del Rijksmuseum de Amsterdam. Ganaron a los más famosos equipos de arquitectura el concurso internacional de ideas que se convocó en 2001. El proyecto original fue incorporando durante su desarrollo distintas necesidades nuevas, dando como resultado un edificio admirado por todo un país. En Oslo, Juan Herreros venció en 2009 el concurso para proyectar el Museo Munch y renovar el entorno circundante. El triunfo supuso el inicio de una conversación con la sociedad civil. Tras años de debates su construcción ha sido aprobada por unanimidad. En Troyes, Francia, Linazasoro y Sánchez han finalizado este mes el centro de congresos. Ubicada en un entorno histórico de gran valor, su propuesta fue debatida en distintos foros ciudadanos. Se aclararon las dudas y se superaron las reticencias planteadas por algunos sectores. Su alcalde, François Baroin, ha elogiado la propuesta y ha recordado la necesidad de construir el patrimonio contemporáneo. Ejemplos a seguir. La malagueña plaza de Camas, tristemente protagonista en los diarios de la capital en estas últimas semanas, es uno de esos espacios públicos que deberían haber sido resueltos mediante un concurso de ideas. De hecho así lo especificaba el propio planeamiento de la ciudad, que fue cambiado con celeridad para eliminar ese incómodo trámite. Ahora, una vez concluida, parece no agradar a nadie. El resultado es desafortunado desde el punto de vista urbano. La propuesta no logra poner en valor la plaza. Por otro lado, tampoco la crítica eleva el nivel. Las declaraciones de los representantes de la oposición son francamente descorazonadoras. Si desde IU Eduardo Zorrilla ha reclamado “árboles que den sombra” (sic), María Gámez, del PSOE, ha insistido en la “falta de sombra” y ha cuestionado “¿por qué no se han recuperado farolas de la Málaga histórica en vez de poner una iluminación prevista que dista mucho de su entorno?”. La miopía populista de ambos representantes les hace obviar lo realmente relevante. Como los personajes de Los Visionarios de Baroja, Zorrilla y Gámez querían por intuición averiguar cosas ya conocidas y sabidas, ajenos al debate sobre las plazas duras que ya se planteó hace más de treinta años en Barcelona. En unos tiempos en los que no se quiere ni reconocer ni pagar al que piensa, responsabilizar a los autores de la plaza sería un error. Son profesionales que han hecho un proyecto lo mejor que han sabido, cumpliendo con unos condicionantes muy estrictos. Con el fin de terminar lo antes posible se ha impuesto una actuación limitada en su alcance. El departamento de arquitectura seguramente hubiera realizado una propuesta mejor, aunque sólo sea porque el diseño urbano es consustancial al trabajo del arquitecto, como lo es hacer una vivienda o una iglesia. Los ejemplos que acreditan el buen trabajo de los arquitectos de la Gerencia de Urbanismo de Málaga son muy numerosos. La discusión sobre si lo debía haber hecho el departamento A o el B es sin embargo un asunto interno que nos aleja del debate. Conviene atender a los hechos. Al final, la gran mayoría de trabajos los realiza la propia Gerencia de Urbanismo. Proceder que también practican la Diputación de Málaga, diversas delegaciones de la Junta de Andalucía y otros ayuntamientos de la provincia. Los arquitectos que ejercen la profesión libre quedan así en una situación de manifiesto agravio. Pero el agravio es mayor aún para la ciudadanía y la ciudad de Málaga, ajena al talento de generaciones de jóvenes y menos jóvenes arquitectos que optan por emigrar ante la falta de oportunidades. Entre otras, las que deberían promover las administraciones públicas.

2013
Título: Palabras Nuevas
Palabras nuevas. Elogio de Javier Carvajal

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Solía repetirse con admiración y respeto que Francisco Javier Sáenz de Oíza no quiso presentarse a una plaza de catedrático de la Escuela de Arquitectura de Madrid cuando conoció que a ella aspiraba “el joven y pujante Carvajal”. Javier Carvajal Ferrer, nacido en Barcelona en 1926 pero vinculado profesionalmente a Madrid, ha sido seguramente uno de los mejores arquitectos españoles del siglo XX, un talento de una generación de maestros difícil de repetir. Brillante como pocos desde los estudios, cuando obtuvo el Premio Extraordinario de Fin de Carrera y el prestigioso Premio de Roma en 1955. Durante su estancia en la capital italiana entre los años 1954 y 1957, Carvajal, junto al también pensionado García de Paredes, tuvo la oportunidad de viajar por Europa y la posibilidad de entrar en contacto con algunos de los maestros europeos, como Le Corbusier o Alvar Aalto. Estos años tuvieron gran importancia en la posterior trayectoria arquitectónica de Carvajal, que alcanzó amplio reconocimiento internacional con el pabellón de España en la Exposición de Nueva York de 1964, y unánime con el premio Fritz Schumacher por sus madrileñas casas de hormigón, en 1968. En Málaga proyectó un conjunto de viviendas en Guadalmina que finalmente no llegó a construirse. Quizás su obra más conocida sea la torre de Valencia en el entorno del parque del Retiro, un brillante edificio de viviendas que coincide en un eje visual con la puerta de Alcalá, y que fue por ello origen de polémicas en época de su construcción, a comienzos de los setenta. No sólo fue un arquitecto prolífico, también ocupó puestos de responsabilidad en el gobierno durante la dictadura, como la Dirección General de Promoción del Turismo. Cercano al Régimen, la llegada de la democracia supuso lo que él denominó un periodo de “exilio interior”, una época con poca actividad profesional en la que se dedicó especialmente a la docencia y asimismo a la defensa de los intereses de la profesión, desde su puesto de Decano del COAM. Fue catedrático de proyectos en la Escuela de Arquitectura de Madrid, director de las Escuelas de Arquitectura de Barcelona y Las Palmas y profesor invitado en numerosos centros nacionales e internacionales. Maestro con mayúsculas de muchas generaciones de arquitectos, tanto por la influencia de sus clases como de sus obras. Fue, como otros compañeros de su generación, pionero en la búsqueda de nuevas soluciones constructivas y en la integración del arte moderno en la arquitectura, donde destacan sus afortunadas colaboraciones con el escultor José Luis Sánchez. Quizás una de sus aportaciones más importantes a la arquitectura sea junto a su entusiasta labor de profesor el cuidadoso tratamiento de los materiales presente en sus obras, siempre en la búsqueda de la esquiva belleza. En un momento en que los arquitectos españoles asistimos con estupor e indignación a una propuesta de demolición de la arquitectura por parte del gobierno, conviene recordar la grandeza de la figura de Javier Carvajal. Pues a sus edificios, mejor construidos que cualesquiera, racionalmente pensados, puro aire cincelado en palabras de Alberto Campo Baeza, les une la firme convicción de su autor de haber aportado palabras nuevas a la historia de la arquitectura.

2012
Título: De códices y otros.
Fuente: Málaga Hoy

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Achacaba recientemente Rubén Amón al gobierno de Rajoy un empeño aun mayor que el de Zapatero en someter a la ciudadanía a una anestesia verbal, aunque ambas en distintos sentidos. La corrección política ha sido sustituida por un empeño en ocultar, o maquillar, los sucesivos y continuos incumplimientos electorales, y ha dejado eufemismos tan brillantes como recargo temporal de la solidaridad para maquillar la subida del I.R.P.F.. Tras la recuperación del códice por parte de la policía, Rajoy no ha dudado en adquirir todo el protagonismo de la misma, seguramente con el objetivo de restañar su maltrecha imagen. Una cierta alarma social ha cundido desde que se ha descubierto que el ladrón llevaba dos décadas robando en la catedral de Santiago y que en su vivienda acumulaba más de un millón de euros además de diversas propiedades, presuntamente adquiridas con los beneficios de sus hurtos. Esto ha provocado que desde diversos foros se cuestionen las condiciones de seguridad del patrimonio, y asimismo, su estado de conservación. Raudo, atento al quite, Rajoy ha aprovechado el jubiloso momento para anunciar la rúbrica de un convenio entre Arzobispado, Xunta de Galicia y la delegación del Gobierno para garantizar la seguridad del patrimonio histórico, convenio que establecerá las medidas de protección correctas. Convenio y consiguiente asignación presupuestaria que no sólo parecería, por su improvisación, propia del gobierno anterior, sino que en el actual contexto de recortes parece imposible que nunca llegue. Lo que verdaderamente sorprende no es que el presidente acuda a hacer entrega del códice robado. Esto da idea de la dimensión del robo y podría favorecer una mejor conservación en el futuro. Lo que sorprende es que el expolio constante del patrimonio, tanto artístico como natural, siga pasando desapercibido y sólo merezca de los políticos un interés instantáneo. Es conocido el abandono y deterioro en que se encuentra gran parte del patrimonio arquitectónico y artístico en determinadas zonas de Extremadura, Castilla La Mancha y Castilla y León, zonas enormes con escasa densidad de población. Mucho del mérito de conservación en estas zonas se debe en buena parte a empeños particulares, como el de Peridis. En la comunidad de Madrid ha sido el esfuerzo de otro arquitecto, Mariano García Benito, el que ha salvado de la destrucción al que constituye el tercer monasterio en importancia de la Comunidad junto al Escorial y al Paular, Santa María la Real de Valdeiglesias (Pelayos de la Presa). Como contraste, las amenazas que se ciernen sobre los edificios y conjuntos de la provincia de Málaga son de otro tipo. Tanto el tácitamente consentido deterioro diario como la inveterada necesidad de un exhaustivo aprovechamiento inmobiliario suponen dos de las facetas de la especulación. Frente a esta situación, parece claro que en lo que afecta al panorama nacional las diversas normativas, tanto específicas como genéricas (ordenanzas de protección de los Planes Generales), han aportado pocas soluciones. Las consecuencias principales de este marco legislativo son tanto la catalogación de edificios de discutible valor arquitectónico como que en la mayor parte de las ocasiones los inmuebles catalogados se acaban convirtiendo en edificios congelados, con el mencionado agravante de que en muchas de las normativas la conservación queda como una mera obligación de cuyo incumplimiento no se derivan consecuencias. En algunas ocasiones persiste el retraso que suponía que para los edificios de interés su análisis e inclusión en un catálogo de protección estuviera supeditado a largos procesos burocráticos, pero esto en general ha sido sustituido por una catalogación preventiva. Aunque este posible retraso presenta gran importancia en aquellos casos en que los bienes se encuentran muy deteriorados, se antojan de mayor relevancia –entiéndase lesiva– las reservas que las administraciones plantean respecto a la implantación de un nuevo uso y la conservación del hipotético carácter del edificio, instrumentalizadas mediante la discrecionalidad de las distintas normativas. Asimismo, y como agravante, las distintas leyes, basadas sobre todo en los planteamientos de la Carta del Restauro, soslayan los valores espaciales, exclusivos de la arquitectura. Poner en valor el patrimonio significa disfrutar del mismo, y no dejar que se deteriore, ya sea en una cámara de seguridad de la Catedral de Santiago o delante de nuestros ojos, como el monasterio de Santa María de Valdeiglesias. Aunque naturalmente esto no significa que haya que hacerlo a cualquier precio, ni que todas las soluciones sean válidas. Desde un punto de vista económico, los beneficios de una puesta en valor del patrimonio resultan evidentes y redundarían de manera directa en el turismo. Para ello, la normativa española debería encontrar caminos más flexibles, destinados a facilitar la utilización del mismo y a destacar sus valores espaciales, sin olvidar la necesidad de que las leyes dispongan de instrumentos destinados a hacerlas operativas. Esto representa seguramente la única esperanza para todos aquellos edificios que no han tenido la fortuna de encontrarse con Peridis o García Benito, a cuya memoria va dedicado este artículo. De no ser así es posible que Ignacio Abel, el protagonista de La noche de los tiempos, no sea el único arquitecto que estuvo trabajando para construir ruinas futuras.

2012
Título: Noche en blanco. Notas al pie.
Fuente: Málaga Hoy

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CINCO son las celebraciones que se han realizado ya de la edición malagueña de la Noche en Blanco y el balance, en lo que a asistencia se refiere, parece indudablemente positivo. La ciudad se activa de manera sólo comparable a la Feria o la Semana Santa, cada vez son más numerosas y diversas las actividades que pueden ser disfrutadas y cada año es mayor la participación de instituciones y grupos. Cabe asimismo destacar que este año Madrid ha suspendido, debido a la crisis, la organización del evento homónimo. El esfuerzo realizado por el Ayuntamiento de Málaga cobra, por tanto, una mayor relevancia, especialmente en un contexto en que la cultura, demasiadas veces considerada como un lujo por la clase política, es lo primero en ser sacrificado. Por todo ello, debe elogiarse la labor de los organizadores, así como de todos los implicados, pues la promoción de la cultura siempre merece reconocimiento. Algunos días antes de la celebración del evento tuvo lugar en el Instituto Cervantes un diálogo entre Mario Vargas Llosa y Gilles Lipovetsky. Con motivo de la publicación del último ensayo del intelectual peruano, ambos pensadores debatieron sobre la situación cultural contemporánea y el concepto de cultura en sí, en opinión de Vargas Llosa abocada a la desaparición. En sus obras, los dos coinciden en determinar algunas de las características de la cultura de nuestros días, como inmediatez, frivolidad, vacío o eliminación de referentes, aunque difieren en la interpretación de sus consecuencias. No debe por tanto extrañarnos que esta coincidencia en el diagnóstico sobre la situación cultural sea compartida por un notable número de pensadores. Álvaro Mutis y Antonio Fernández Alba han alertado sobre los peligros de que la sabiduría sea colonizada por la información, como afirmó este último en su discurso de ingreso a la RAE. La Noche en Blanco reúne todas las características de la cultura contemporánea, aunque es la velocidad la que mejor describe el evento. Son muchos, seguramente mayoría, los que van de una actividad a otra coleccionando visitas, animados por la inmediatez -en ocasiones banalidad- de las distintas instalaciones. El propio planteamiento de la organización incide en esta vertiente consumista, al incentivar aquellas propuestas más visitadas. El éxito de cada una se mide de acuerdo a cánones específicos del comercio. No parece por tanto que durante la Noche en Blanco se realice la reflexión que todo arte debe propiciar. Tampoco se conoce el impacto que tiene en fomentar la participación en actividades culturales. El reclamo de la visita gratuita permite que los museos muestren sus colecciones y espacios, aunque la apretura y la prisa resulten inevitables. Si pese a los inconvenientes descritos, esto supone para muchos un descubrimiento y contribuye a que algunos vuelvan, conviene recordar a pensadores como Guillermo Busutil, que lleva tiempo advirtiendo sobre la contradicción que supone ver la escasa participación en otras actividades culturales. Más allá de guarismos y del balance netamente positivo que arroja una lectura comercial y turística del evento, debería promoverse una reflexión sobre sus contenidos. Málaga está construyendo una estimable estructura cultural. Todos esperamos que arraigue y contribuya a hacer de la ciudad algo más que sol y playa. Los indudables aciertos no deberían, sin embargo, llevar a un optimismo exagerado o inducir a actitudes acomodaticias. Buscando un tibio término medio entre el apocalíptico Vargas y el integrado Lipovetsky, debe darse la bienvenida a lo participativo si no degenera en guirigay y a la velocidad que no suponga prisa. Esta faceta epidérmica e inmediata de la cultura debe por tanto complementarse con espacios de reflexión crítica sostenida en el tiempo. El ciclo Surviving Picasso, impulsado por Rogelio López Cuenca, es un inmejorable ejemplo de cómo combatir el acomodo y la facilidad. Pudo contribuir también, si el ruido que acompañó al fracaso no hubiera impedido aprovecharla, la destilación a contrapelo de las esencias ciudadanas que se realizó en la preparación de la fallida candidatura a capital cultural. Resulta poco realista -y seguramente equivocado- rechazar el concepto dominante de actividad cultural basado en el acontecimiento, del que la Noche en Blanco se va convirtiendo año a año en referente. Pero al margen de ello, y sin menoscabar su relevancia, salir del ámbito local y afrontar desafíos serios requiere un mayor esfuerzo. Esfuerzo en el que ejercitar el debate y la autocrítica -por parte de todos-, debería ser el primer paso.

2012
Título: Dios está en los detalles.
Fuente: Málaga Hoy Con Ignacio Jáuregui Real

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Ciertamente no es lo mismo que le corten a uno una pierna que astillarse una uña, ni es aconsejable desgañitarse ante ofensas menores, aunque sólo sea por no quedarse sin arsenal cuando la vida acabe trayendo alguna realmente grave. Un par de carteles en la fachada -lateral y ciega- de la parroquia de Stella Maris no dan tal vez para mucho rasgar de vestiduras pero, una vez solucionado el problema, merece la pena detenerse en lo que tienen de síntoma. Pocos ciudadanos saben que esta obra de García de Paredes es un bien catalogado y protegido al nivel de la Catedral, y tal vez menos aún, una vez sabido, entenderían por qué. Hay un problema generalizado de fractura del gusto en relación al arte del siglo XX que excede de la capacidad de estas líneas, pero en nuestra ciudad se agrega a ello un desinterés general por lo propio que constituye una paradójica seña de identidad malagueña. El gusto personal es libre, pero uno espera que, con el tiempo, se interiorice el valor. Al fin y al cabo no es improbable que, en su fuero interno, la muy rancia burguesía de Bilbao abomine del Guggenheim: lo importante es que lo sabe valioso, que alardea de él, que se levantaría en armas si lo enfoscaran y pintaran de color vainilla. Stella Maris es una obra relevante en la historia de la arquitectura española, tal vez el único edificio de la capital que accede con naturalidad a las listas nacionales. Debería ser motivo de orgullo, como lo es cualquier logro científico local sin que haga falta entender en qué consiste. Pero nos engañaremos si pensamos que esto se reduce al desconocimiento o desdén de cierto canon estético. No hay que caminar mucho desde la Alameda para encontrar actuaciones parecidas sobre edificios decimonónicos de apreciación menos discutida. Situémonos en la Plaza de la Constitución. A la derecha, la preciosa embocadura del pasaje Chinitas, obra de Diego Clavero, santo y seña del costumbrismo malagueño, aparece forrada de suelo a techo de un plástico publicitario satinado y obsceno que desfigura el paramento de ladrillo y atosiga el vuelo de los balcones. A la izquierda, en la esquina del hotel Larios que remata la fachada espléndidamente unitaria de nuestra calle mayor, podemos observar un extraño añadido, una imagen religiosa enmarcada en un artefacto neobarroco que se coloca al tresbolillo respecto del orden limpio y geométrico del proyecto de Eduardo Strachan. Si ahora enfilamos la vista hacia la propia calle Larios es probable que encontremos, encaramados a las estupendas farolas de forja, unos floreros incomprensibles empeñados en jorobar literalmente su perfil. Por no hablar de los macetones y papeleras que, como denunciaba hace poco Iñaki Pérez de la Fuente, acosan a la escultura de Blanca Muñoz en Plaza del Siglo. Estos y otros muchos gestos se dan a diario entre la indiferencia de una ciudadanía que, sin embargo, ha desarrollado en estos años un aprecio inédito por su centro histórico. Se diría que, mientras no haya hormigón y ladrillo de por medio, da todo igual: y sin embargo un zócalo mal puesto, un cartel inoportuno, un color inadecuado (como el rojo pretendidamente andaluz que desfigura desde hace un tiempo la clara liviandad del mercado del Molinillo) pueden resultar más problemáticos para el conjunto histórico que las elevaciones de planta o las inserciones contemporáneas siempre criticadas. Podemos reclamar a la inspección que esté más pendiente, pero hay que asumir que se trata de cuestiones de escala muy menor, a veces fuera del alcance del radar normativo. Al final los poderes públicos se van a mover al ritmo de lo que más inquieta o solivianta al ciudadano: ahí está el reto, más bien, en conseguir que al malagueño de a pie le llamen la atención y le molesten estas cosas que para nosotros saltan a la vista. Pedagogía ciudadana, pues, y en ello estamos, en la medida de nuestras posibilidades, desde el Colegio de Arquitectos. Lo que sí se puede y debe pedir a la administración es que no colabore a empeorar las cosas. De los ejemplos traídos en este artículo, la mitad son actuaciones públicas. Sea falta de coordinación, inadvertencia o desconocimiento, aquí sí que hay campo para la mejora: difícilmente se podrá exigir a los propietarios privados un rigor que no se aplica en lo público.